Belén: Patria de David, cuna de Dios, madre de los primeros mártires del cristianismo.
- Gabriel Suárez Coello
- 18 dic 2018
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A la caída de la tarde, Cingo, el feroz esclavo de Herodes, llegó con un fuerte destacamento al pueblo de Belén. El belicoso son de la trompeta anunció a los pacíficos belemitas que iba publicarse algún edicto del César o de su rey Herodes.
Un heraldo, con clara y vibrante voz, dijo:
“Yo Herodes, rey de Judea, y gobernador general de las doce tribus de Israel, por el presente edicto, mando y ordeno: Que todas cuantas madres de Belén y sus cercanías que tuvieren hijos varones de edad de dos años abajo, se presenten con sus hijos en brazos en el atrio de la piscina grande de Belén, mañana durante la vigilia matutina, a recibir el premio que me place concederlas por el precioso don de primogenitura que el Dios de Sión les concede para honra de sus nombres y aumento y gloria de su raza. La madre que desobedeciendo este edicto, faltare a hora y lugar citados, será castigada con la separación de su hijo. Cúmplase mi real voluntad.- Yo, Herodes.”
El sitio destinado para la horrible matanza, era un ancho patio rodeado de muros. Cingo, el encargado de llevar a efecto las órdenes secretas del escalonita, rodeado de sus terribles compañeros, esperaba tranquilo el momento del degüello. Las inocentes madres comenzaron a entrar en el sangriento matadero. Los niños sonreían en sus brazos, y ellas saludaban con amabilidad a sus verdugos, mostrándoles gozosas el adorado fruto de sus entrañas, y así fueron llegando una tras otra hasta que se llenó el local.
Entonces Cingo extendió una mirada feroz sobre aquel cuadro de maternal cariño que agitaba en torno suyo. Una madre se le acercó para preguntarle: “¿Cuándo se distribuyen los premios, señor? Yo tengo prisa, los quehaceres de la casa me esperan.”
Y extendiendo su nervuda mano, antes que la madre infeliz se diera cuenta de ello se apoderó del tierno vástago, y arrancándolo del nutritivo pecho, lo estrelló inhumanamente contra el ángulo del muro.
La madre abrió los ojos con espanto, y lanzando un grito horrible, aterrador e inexplicable, cayó sin sentido sobre el palpitante y despedazado cuerpo de su hijo.
Aquel grito fue la señal de la matanza.
Autor: Enrique Pérez Escriche.

Obra: El Mártir del Gólgota.





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