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El mejor regalo es el más costoso

  • Foto del escritor: Gabriel Suárez Coello
    Gabriel Suárez Coello
  • 2 nov 2018
  • 2 Min. de lectura


En más de una ocasión, nos hemos encontrado con el dilema de preguntarnos ¿cuál será el mejor presente que podríamos regalar a un ser querido? el cual cumpla el propósito de demostrarle a esa persona especial cuán importante es para nosotros.


Las respuestas varían, desde: Un libro, zapatos, hasta una serenata o inclusive cosas mucho más extravagantes, como: Un viaje de vacaciones o una casa, por ejemplo.


Nosotros consideramos que lo más sencillo es lo mejor. Por ejemplo, yo recuerdo con mucha nostalgia que, cuando era niño, todas las tardes mi papá me acompañaba a ver las caricaturas que transmitían en la televisión; recuerdo también que mi papá constantemente acostumbraba a regalarme blocks de hojas de papel para que yo pudiera indiscriminadamente practicar mis primeros dibujos y colorearlos, así como elaborar las primeras historietas de mi infancia, circunstancia que a la postre permitió algo trascendente: la posibilidad de dejar volar a mi imaginación y soñar con llegar a ser alguien en la vida. Recuerdo también que mi papá me acompañaba cuando, de pequeño, me quedaba solo en la casa y entonces me preparaba la cena con todo su cariño y dedicación. Con su afecto sincero mi papá me dio ejemplo de desinterés, de humildad, de amor sin resentimientos. Sin ninguna duda una gran persona que marcó mi vida para siempre.


Desde esta óptica, podemos entonces considerar que los mejores regalos son los que nacen del corazón, aquéllos que perduran en la vida de uno, los cuales no siempre se adquieren a crédito en las tiendas departamentales. Tienen entonces las características de mantener unida a la familia, de compartir elementos en materia de salud, bienestar, trabajo e inclusive con la construcción de un negocio o el apoyo de un proyecto de vida en común. Por tanto, es: Compañía, aprecio, tiempo, un buen consejo que te salve de cometer errores, etcétera; cosas intangibles e inapreciables.


Recordar a mi padre, durante los primeros años de mi infancia, me ha hecho entender que la felicidad no se compra con dinero y que existen cosas, en el mundo, que el poder económico no necesariamente puede comprar, lo anterior porque únicamente lo barato es materia de comercio.


 
 
 

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Coello's y Asociados - Despacho Juridico

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